Buscar y encontrar

Aquí la tierra se funde con mis manos

lunes, 30 de mayo de 2016

Zapatos de goma



Zapatos de goma

No resignaré un centavo mis sueños, no ablandaré mi insomnio con prolijas razones justificadas. El cielo de la noche será mi esclavo, y yo venderé luciérnagas como pochoclo en las esquinas. Mi osamenta seguirá de pie; mi carne será mi propia carne, y mis venas las que no tengo, las que no tuve desde un principio, las que jamás tendré por azules que sean. Pero mis sueños seguirán ahí en la intemperie, buscando el cometa perdido, imposible y fugaz. Haciendo de la vida un conjunto altivo de estrellas, sin principio ni final. Será el futuro mi sustancia, la clase de mayor fortuna sin sombra, los billetes rotos de mil. Seré la voz del poeta que vibra, que carna su propia alma juntando las monedas del piso. Porque la vida me pertenece todavía y de la vida he venido a lustrar mis zapatos de goma. Ya no habrá silencio capaz de enterrarme, ni locuaz discurso advenedizo.


sábado, 21 de mayo de 2016

Postal



Postal

La costa arrastra su espuma como si el río les debiera algo a los hombres, como si ahí, en la humanidad, residiera el sentido y el propósito del agua. Lenta, la corriente se deja desplazar por el reflejo del cielo, y por toda la reverberación incandescente de las pequeñas crestas de ola que, a su vez,  desparraman hacia el costado del tiempo la alegría incontenible de los niños de la arena. Allá, donde el agua y el cielo tiñen sus límites brumosos, veo dos triángulos blancos erguidos  buscando quizá la paz, la aventura o algún pez para el almuerzo (¿se puede pescar desde un velero?). No me inmuto: descanso sobre una arena fina de limo donde algunos cachivaches de hormigón han sido desplomados por la municipalidad para ganarle territorio a este fenómeno que hemos de llamar río. Pero este río también con el tiempo logra empezar a morderlos y a corroerlos; es claro y visible cómo esto sucede; el poder del agua engulle el tiempo mismo de las cosas. Más atrás, a mis espaldas, están las frondas de los sauces que el viento mueve de este a oeste; también, las hamacas de dos pequeños niños que ríen mientras chirríen las cadenas del vaivén. Pasa un heladero vendiendo café y helado. Pasan las chicas de septiembre usando la moda de la nueva temporada. Pasan los ciclistas, los automóviles, el tren ---cada tanto. Me llevo la bombilla a la boca; los verdes son amargos como a mí me gustan.




miércoles, 11 de mayo de 2016

Tía Tormenta



Tía Tormenta


Tío Carlos manejaba su hermoso Chevy recién comprado: no podíamos ensuciar el tapizado, no podíamos comer arriba del auto, no podíamos saltar en los asientos. Pero nosotras jugábamos atrás con las figuritas de princesas y dragones que Los Reyes me habían regalado. La ruta estaba medio llena de autos. Tío Carlos nos hablaba de la playa, de cómo podíamos jugar en la playa. Teníamos baldecitos para hacer castillos de arena. Era verano. ¡Y vacaciones! Pero de golpe vinieron esas nubes raras. Todas negras, todas muy oscuras. Adelante de todo había un manchón así negrísimo de nubes ¡Y estábamos yendo para ese mismo lado! Entonces Carina empezó a llorar fuerte, y yo, como soy la mayor, tuve que aguantarme el miedo y tratar de calmarla. Mientras, Tío Carlos seguía manejando y nos decía que nos portáramos bien, que eran nubes nomás. Al rato se hizo noche cerrada, como dijo el tío. Era de noche y de día al mismo tiempo. No entendíamos cómo, pero de noche a las dos de la tarde. Y vino esa lluvia de peste. Sí, una lluvia que nunca vi de tan fuerte que era. Nos abrazamos del susto. Carina y yo juntas mirábamos a través de las ventanillas toda el agua que caía. El tío empezó a andar más lento, despacito, para que el Chevy no se le rompiera. El agua caía y caía y no podíamos ver nada de nada. “Tormenta” dijo Tío Carlos. Era obvio que era una tormenta, pero no era una tormenta común. Era una tormenta mala. Entonces el tío quiso parar al costado de la ruta, ahí donde siempre hay piedritas. Miró el mapa y nos dijo: “Nos fuimos para otro lado”. Y también: “Estamos perdidos, queridas chirimpompas”. Lloramos las dos a grito pelado, pero en seguida Tío Carlos nos dio pochoclos y nos callamos. Cerca de ahí, saliendo del camino, se podía ver una casita de color turquesa o azul. Carina decía que era turquesa. Yo decía que era azul. La casita tenía un cartel donde leí “PROVEEDURÍA”. Mi tío quería comprar cigarrillos y nos fuimos con el Chevy hasta la puerta. Le pregunté que era una proveeduría.  Él no me contestaba. Se ve que estaba algo raro, como las nubes. Cuando llegamos vimos que era un almacén con muchas cosas para comprar. Cuando salimos, el sol también salió; pero seguíamos perdidos y nos fuimos perdiendo cada vez más hasta llegar a unas montañas. Y no había playa con mar. Eran montañas con aguas en el medio. Tardamos mucho en llegar. El tío manejo de día y de noche. Un montonazo. “BIENVENIDOS A BARILOCHE” decía un cartel. Tío Carlos estaba cambiado. Era otro.