Buscar y encontrar

Aquí la tierra se funde con mis manos

lunes, 22 de diciembre de 2014

Bibliotecas y avioncitos



Bibliotecas y avioncitos


Yo busco la nostalgia de una verdad invisible. Prefiero el tormento reincidente de esa caída que es el fracaso, el error. Darme contra la pared, boyar en la inconsistencia, tropezar con la piedra hasta pervertirme y blasfemar. No quiero quedarme con lo escrito ni con la sabiduría de los siglos. Para mí cada papel es blanco y vacío, preparado para hacer avioncitos. La idea es volar. Crear, equivocado pero feliz. Todo está dicho y lleno, no hay rincón ni margen donde apuntarse con lápiz un brillo, un comentario apócrifo, una rebeldía. Pero yo, no sé ustedes, quiero hacer avioncitos, quiero una ciencia rota, desperdigada, libre de supuestos, como si nadie hubiera dicho nada. Y tropezar, eso. No importa que la historia, vagón repleto y pesado, me traiga un cachetazo y me ponga rojo y ridículo. Los gigantes y los sabios pisan fuerte en las bibliotecas. Eternos papeles soberanos que miro pequeño como un niño de tres. Pero yo, por lo menos yo, sigo queriendo hacer aviones.




domingo, 21 de diciembre de 2014

La risa





La risa

Me toca la risa.
Es así, llana, roja, como batir de alas.
Me inundo en el sinfín de una broma
Y parejo, desmemoriado, solo en la calle
Salto con la carcajada lisa y loca
De una vereda sin sol a la caricia del rayo.
La gente me mira, de pronto
Y mis mejillas coloradas no caben en mi cara.
Es así, roja y llana,
Olvidada del miedo y las cenizas
Como si la parca se perdiera
Como si el cáncer se cayera pronto
solo y pobre. Ahí.
En un bache sin asfalto.





jueves, 18 de diciembre de 2014

A nadie le importa




A nadie le importa


¿Qué pasa? Recuerdo, creo que era la primera de las películas. Una de mis más antiguas visitas al cine, la memoria visual descarnada y sola. Esa en la cual se confunden los años de tu infancia con algún signo o sueño raro delimitado en una mínima porción de fotografía mental y fugaz que viene, te encandila y se va. Era más bien (y es), quizás para mí allá en ese tiempo pero también e incluso hoy a razón del impacto aquel, una caída, un principio y noción consciente de la terrible indiferencia, impasibilidad y muerte vida que el mundo, que la gente, que el vértigo que pasa, inunda y acrecienta con su pálido, perfecto y casi invisible pero permanente adiós.

Vuelvo sobre la escena, sobre una escena sola que se repite desde entonces sobre cada alero de mí, sobre cada vacío que cae adentro de mí, sostenido en la angustia y la sangre. Y eso pasa, eso es, eso se sigue rompiendo y estropea mi fe.

 El planeta de los Simios. La primera, mi primera, la única primera de mí donde vi ahogarse a alguien mientras el mundo, la gente, el vértigo que pasa, dejaba ser, dejaba aniquilarse, dejaba hundirse al ser humano en el agua fétida mientras clamaba y mendigaba por esto que llamamos vida.

Y la ficción está llena de realidad. Somos un poco eso. Nos volvemos un poco eso. Y desde muy niño lo supe sin poder ponerlo así porque quizás recién estaba sabiendo el alfabeto.




domingo, 14 de diciembre de 2014

Ya no quiero



Ya no quiero

Bastante pasó. Hubo momentos cuando las puertas abiertas dejaron ser y hacer hasta moldearme en un garabato rígido, de figura tímida, rara confusión entre una ilusa idea plástica que quería ser un poco tuya y mi verdad opacada pero reincidente, asomándose por las rendijas que tus permisos y espacios me lograban dejar derramar sobre algún asunto.

Pero era cantado que mi vida iría a reclamarme un poco de sentido y voluntad. Soy un tipo que cede un tiempo a determinados caprichos ajenos, pero siempre volverá sobre su lugar y su fuero para no olvidarse de sí, para dejar claro que no se dejará hundir en el mar de la angustia por motivos extraños.


Ya no quiero esas palomas, esas ideas dulces que me dieron la ensoñación y la ceguera. Prefiero un olvido, una pizarra que se borra hasta limpiarse, una persiana deslizándose hasta abajo y un no certero sobre la mesita del comedor.   



Antes que amanezca




Antes que amanezca


El sol no aparece. El sol se resiste por debajo de la línea horizontal que divide y separa las aguas que conforman el sueño, sitio común e ingobernable de la ciudad que duerme todavía en sus almohadas y colchones aquí y allá y en silencio, del aire que irá entibiando los cuerpos y las conciencias hasta dejar la vigilia en situación corriente y derramar las voces y los ruidos, el comercio y los motores, el gobierno, la ley y la policía.

Pero todavía el sol impone su resistencia y el día no arranca del letargo nocturno. Será como las seis o la siete de un invierno perdido en los años noventa, dos mil, o quizás en un futuro incierto entre el dos mil veinte y el cuatro mil. Qué importa, será lo que será en el tiempo correcto en el cual el sol no quiere salir de ahí.

Entonces, lejos de toda previsión y mientras nadie logra saberse y despertarse en ese día que busca empezarse a sí mismo para poder decirse un buen día, mientras todavía una negrura vacía y sin estrellas tapa como un copón de vidrio opaco la ciudad entera, rompo de golpe una pesadilla irrecuperable en mi memoria pero intacta y presente todavía en las fibras vibrantes de mi cuerpo. Es un sobresalto, una toma de conciencia brusca y una erección confusa de todo el torso desnudo que se desembaraza de las sábanas muy rápido, atléticamente, como si yo fuera un luchador en la arena de un circo y me quitara de encima con el mejor de los movimientos el león más pesado y bravo.

Y nadie está. Nadie está despierto además de mí. La soledad es real, solamente los cuerpos vacíos de conciencia en otras habitaciones de otras casas, de otros edificios pueden adivinarse en la oscuridad.

Percibo el silencio ensordecedor de la multitud que duerme y en él existo como una pequeña luz sobre un fondo de negaciones absolutas. Estoy solo como un robinson en el medio de una ciudad enorme que sin embargo no existirá sino hasta quizás después de las ocho.

Me aventuro en esa tierra inhóspita y civilizada de calles vacías. Salgo y me dejo guiar por mi instinto de supervivencia pensando que tal vez debería haber llevado un arma para defenderme de posibles monstruos. La ciudad permanece oculta , inconsciente, como muerta o como animal salvaje que se resiste con el sol a ser dominada por la luz, el comercio, la ley y la policía.




jueves, 11 de diciembre de 2014

Olvido de ausencia


Olvido de ausencia






Hay silencios como ecos que se expanden por toda la casa. Y es la memoria, el monólogo interior que choca, una y otra vez, en las paredes pintadas y vacías. Silencios que suenan y se disparan infinitamente espejados para terminar de vuelta en uno que se enrosca memoriosamente reflexivo sobre el mantel, las sábanas, los libros y las plantas.

Después, un rato de después, encierro la conciencia y la encapsulo mintiéndome que la historia la puedo encajonar sin nombre en un legajo roto adentro del último estante. Y hago como si, me preparo la vida como si, cierro las persianas para hacer como que es de noche aunque el sol ablande el asfalto a mediodía. Pero no. Nada de eso. Es la vida que viene a pedir clemencia y a mendigar ese amor ido, incapaz e irrecuperable que tantea la oscuridad y ese formato de olvido para desmentirlo y hacerlo caer hacia la cruda realidad y la botella de ginebra.

Silencio. Una y mil veces silencio. Mañana vuelve el lunes y ya no tengo tu mano, ni tu voz, ni el humo del último cigarro dando vueltas en la casa.