Buscar y encontrar

Aquí la tierra se funde con mis manos

martes, 28 de febrero de 2017

La infancia





La infancia


Niño hubo y fue
para los demás
antes que los años
llegaran a este sitio
 

Niño de pie torcido
que por correr
era piadosa su ansiedad
sabia su impaciencia
loca su infancia



Niño cuya renguera
clasificaba el enigma
lo ignoto
prismas de una mente
que levanta su futuro
cual si recuerdo fuera

Niño que llora y ríe
aún ahora
cuando madura su cara
frente a un espejo de tiempo

Ahora cuando su universo se ha estrechado
Ahora cuando hay menos cosmos que caos
Ahora cuando su ley se subyuga a las leyes
Ahora cuando la posibilidad es menor
Ahora el niño es un ser mayor
Y añora sus juegos de hamacas




lunes, 27 de febrero de 2017

La marea




La marea

Saca tus pies de la arena
Ve y haz lo tuyo en el agua
Dame
Toma
Quiero ser la sal en tu espalda
tu pelo revuelto en el agua



Poemas





Poemas

Todo poema tiene una rosa
Todo poema tiene una espina
La espina de la rosa se clava en mis dedos cuando escribo
La rosa de la espina aparece en las yemas ensangretandas
El teclado negro se vuelve más negro todavía
Y voy perdiendo poco a poco el alma por cada poema escrito
Y cada vez soy más cuerpo, más vivo, más mío...
Más yo





sábado, 25 de febrero de 2017

La mirada


La mirada

Con el tiempo es barato saberse quién
Con los años uno encuentra su cara
fácilmente
Suelen los otros ponernos la cara y decirnos esto sos
a qué veniste
quién sos vos
Pero con el correr del agua uno se descubre
y se desarma de los dolores del vulgo que nada dice sin sombra
La verdad está más allá del espejo
atrás del reflejo de los otros
donde ninguno ve y por eso mismo sabe
Lo invisible se gana barato con los años
y eso es lo que importa.


martes, 21 de febrero de 2017

La noche jamás





La noche jamás

No habrá jamás noche sobre esta tierra
No habrá jamás noche
No habrá sobre esta tierra
La noche ni lo oscuro

porque mientras tus ojos centellean
la noche jamás tierra
la tierra jamás noche
ni oscuro ni muerte ni viejos temblores
la tierra
la noche
son todos desmontes

No habrá
jamás
muerte
mientras tu mano sea su olvido
y mi presencia en tu otro





La casa





 La casa


Olga finalmente decidió llamar por teléfono. Quizá no era nada urgente (al menos para el resto de la familia)  sentir esos ruidos arriba del techo, las puertas y las ventanas golpeándose cada cinco minutos, el temblor, más que nada ese temblor de los cuadros en las paredes de ladrillo, todo eso quizá no era una urgencia para cualquiera de los otros. Pero ella, Olga, no podía dormir hace tres noches a causa de los ruidos y los movimientos de esa casa.

Cuando vino el especialista que contrató la inmobiliaria, tomaron nota de todo lo que Olga percibía hace una semana, y se hicieron mediciones y cálculos; todo estaba en orden: no había ningún riesgo: la casa era tan fuerte como una roca.

-- Mamá, la casa no se va a caer --le reprochó su hijo levemente fastidiado porque tuvo que dejar la oficina para poder atender al arquitecto y al asesor de Revoj Propiedades-- . Las bases están muy bien puestas, el techo es una maravilla como lo tenés.

Olga, contradicha, le recriminó quizá un poco injustamente a su hijo su falta de tacto para con ella: “Vos no estás en mis zapatos, ni tenés que vivir las noches que paso en esta casa del demonio”.

Evidentemente existía un problema real, por lo menos para ella. Hacía tiempo que Pablo veía a su madre meterérsele ideas raras, pero no creía ni lejanamente que estuviera desequilibrada o loca.  Trataba de poner atención a sus asuntos y acudir a cuanto problema tuviera en su vida y en su casa, tratando su pesar con real convicción, ocupándose de ella, tomándola en serio, aun si esto implicaba cierto desgano o escondido desdén.

Cuando se fueron el arquitecto y el señor de la inmobiliaria, los dos quedaron solos y se miraban fijo tratando de entenderse el uno al otro, la madre y el hijo, como si las miradas pudieran enlazar un diálogo perfecto y armonioso que los llevara al acuerdo tan difícil de alcanzar con palabras. Casi nunca se entendían.

Después de un largo silencio, y aunque Pablo ya pensaba que el problema de su madre era un tema de salud, él propuso darle crédito a esas extravagancia y, pensando que quizá de esa manera el lío estaría resuelto, decidió quedarse con ella esa noche. Tal vez Olga, al  encontrarse acompañada, dejaría de sentir la casa como una amenaza.

Después de una cena liviana se dispusieron cada uno en su habitación a tratar de conciliar el sueño. Pablo se acostó de lado pensando en las cosas que tendría que resolver al día siguiente; su jefe era de esas personas que se toman muy en serio su cargo de autoridad; a él lo hacía sentir cucaracha. Pero Pablo era un gran empleado en la empresa, hacía las cosas del mejor modo, en tiempo y forma. En estas cosas estaba pensando cuando vio en la esquina que se forma entre el cielorraso y las paredes una araña enorme que se alimentaba en su tela de algún insecto atrapado. Sintió muchísima compasión por ese pobre insecto ya indefinible y con su zapato trató de matar la araña.

Los golpes del zapato en las paredes hicieron aparecer a Olga asomada a la puerta entreabierta.

-- ¿Qué sucede, hijo?

-- Nada. Estaba matando una araña.

-- En mi habitación, las vigas del techo crujen.

-- Mamá, tratá de dormir; no hay nada fuera de sitio en esta casa.

La madre volvió a su habitación y al cabo de diez minutos estaba durmiendo; había logrado conciliar el sueño. En cambio Pablo no podía dormir: daba vueltas en la cama, miraba el cieloraso, escondía su cabeza debajo de la almohada. Pero no. De pronto empezo a escuchar gente hablando, mucha gente hablando, como un montón de gente en una fiesta adentro de la casa. Se levantó y fue a la cocina. Había un conjunto de enormes hormigas rojas se estaban dando un festín, comiéndose una cucaracha. Sintió asco. Agarró una escoba y trató de alcanzarlas con furia. Los ruidos despertaron otra vez a su madre.


-- ¿Que pasa, hijo?, ¿te pusiste a barrer la cocina?

-- Nada, mamá. Tratá de dormir. Hay muchos insectos en tu casa. Hay que desinfectar y limpiar un poco esto. Mañana llamo a algún fumigador.

-- La casa está limpia, hijo. ¿Dónde viste la araña?


Pablo acompañó a su madre a la habitación para que tratara de dormir. Olga insistía con que había muchos ruidos durante la noche; temía que la casa se cayera.


 



jueves, 16 de febrero de 2017

Carta




A usted, quien quiera que sea:


Empiezo quizá de la manera más equivocada de todas; esta carta no lleva un destinatario puntual; no tiene en sí misma un tú específico: puede ser varón o mujer, niño o niña, joven o edad madura. Lo cierto es que no tiene tampoco una dirección fija, ni siquiera está pensada para ser recibida en algún tiempo determinado; lo más común es escribir hacia un futuro, hacia alguien que recibirá el mensaje en un mañana, pero esta carta está diseñada para que cualquiera pueda leerla, incluso los muertos, los que vivieron en otro siglo, en el pasado. Quizá sea ambicioso pensarlo de este modo, pero lo que tengo por decir tiene también en su estructura estar dirigida incluso hacia el presente; es decir,  al mientras escribo todo esto. No quiero ser emisor restrictivo, normal, de esos que llevan sus pensamientos y sentimientos envueltos en papel hacia una determinada persona. Quiero escoger el camino equivocado  y escribir para usted, quien quiera que sea. Y lo hago porque sospecho que hay un fiel destinatario del otro lado que responderá prontamente y de manera resuelta.

Uno escribe porque tiene algo que contar, que decir, que expresar. Y en eso estamos de acuerdo con cualquier escribiente. Porque yo soy un escribiente que quiere contarle a usted algo, quien quiera que sea, donde se encuentre, con quien esté, sea del tiempo que fuere. Sepa que ahora mismo estamos ligados por el vínculo que entrelazan mis palabras; sepa, también, que no está sola o solo: mientras yo esté escribiendo siéntase acompañado. Lo que vengo a contarle o a expresarle es, si se me permite, un poco quién soy.

El otro día, verá usted, soñé con Quinquela Martín y con La Boca.  Hace tiempo que no sueño con él. Recuerdo el día que me dio un tornillo aceptándome en determinado club de artistas cuyo nombre he olvidado. Las circunstancias en las que me enteré de su existencia tuvieron que ver en parte con mi supuesta huida del hospital psiquiátrico de Constitución. Yo venía hace meses exiliado de mi propio Buenos Aires, dentro del mismo Buenos Aires. Me habían encerrado en uno de los pabellones del Borda tildándome de esquizofrénico, cuando, en realidad, se trataba de un exilio político. Con la ayuda de algunos internos, mire usted, pude salir de ahí disfrazado de enfermero. Y salí, corrí como un loco, fui a parar a un conventillo de la Boca donde un inmigrante de principios de siglo me dio lugar en una piecita. Hasta que conocí a Benito Quinquela Martín y me dio ese tornillo. Ahí fue cuando empecé a dudar si realmente estaba yo proscripto o de verdad sobraban motivos para pensar que yo tuviera algún grado de trastorno.

Usted no se vaya asustar de mí. Soy un ser simpático y real. Quizá con alguna dificultad solapada. Pero mire, lo que cuento se lo cuento por pura solidaridad y como para que me conozca. Lo cierto es que conocí a Quinquela, y esta carta, en parte, va también dirigida a él. Pero cómo decirlo. Voy a poner la carta en una botella y algún día, cuando salga de aquí, la arrojaré al Riachuelo.

También recuerdo, le cuento a usted,  cuando empecé a hacer los murales, aprendiendo del gran artista. Mi pasta era la escritura, pero él me enseñó a combinar algunas de mis ideas con imágenes representativas. Y en mis murales había tanto color como signos y símbolos de gran extrañeza para muchos, menos para Benito. Él sí entendía, él sí me consideraba un gran artista. Pero no todo en la vida y en los sueños siempre hay un final feliz.

Alguien advirtió a la policía y a los médicos de que yo andaba suelto por la Boca. Fue después de una gran inundación. Recuerdo el día en que me maniataron y me internaron otra vez. Desde ese entonces es que vuelvo sobre mis papeles a tratar de tener un amigo del otro lado, alguien que lea estas cartas que se escriben hacia cualquiera. Porque confío en la humanidad toda, capaz de devolverme no digo el tornillo que ya perdido está, sino por lo menos ese mural que hice junto a Quinquela y que la inundación lavó para siempre.



domingo, 12 de febrero de 2017

La moneda



La moneda


Busco un centavo que perdí cuando esperaba el tren de la hora. Debe estar brillando en el andén, refulgiendo el sol como una chispa incandescente, haciendo reflejar una porción de cielo cual si fuera una gota de agua o saliva.
¿Por qué dejé ir ese tren? ¡Acaso no vale más que el centavo que extravié!... Y sin embargo, sigo buscando mi centavo.



Primer paseo

 
 
 
 
 
Primer paseo


Como Quinquela Martín
un tango embellece la Boca
El tiempo ha desmantelado el arte
para volverlo a dar
como brasa de carbón encendida

Desde la plaza los suspiros
viene esa historia de río,
como una sudestada

Atrás los colores y la calle
empedrada
me demuestra un Caminito y un lugar
que tuvo tren, un progreso y  una fuerza
y que ahora
resiste en sus muros y colores

Los conventillos al resguardo
La inundación
todo se vuelve una pieza
de arte
para el cementerio de los barcos

para mí que estoy tan lejos
de Quinquela
y sus cuadros.
 
 
 
 

domingo, 5 de febrero de 2017

MI ciudad








Erigir una ciudad con mis propias palabras siempre me resultaría edificante. Jamás he sabido construir una casa, una torre, una manzana real o verosímil; pero yo creo saber trabajar el pronombre y el artículo como si fueran hormigón, cemento y arena. Primero debería ser cual albañil para el verbo, semejante a maestro de obras para un sujeto, como arquitecto urbanista o ingeniero civil dado un predicado, quizá como un dibujante proyectista que supiera poner las bases y las estructuras de la materia para darle mi forma, mi estilo, mi cariz a esa ciudad mía.

Y en mi ciudad no habría márgenes ni basureros; todo sería provecho para cada habitante de mi fantasía. Un polizón, solamente un policía vigilante se pasaría el día y la noche buscando ladrones de palabras, aquellos duendes que me roban del léxico y de la punta de la lengua esas frases que conozco pero que se me hacen difícil encontrar.

Mi ciudad, además, no sería ni peronista ni radical, ni militar ni subversiva. No habría que impartir el orden porque todo el kaos sería como un fuego para el orden, un combustible necesario para que todo avance hacia un mismo sentido. Planificar una imagen de ciudad sin veredas rotas, sin indigentes en la calle, todo bello como un parque japonés, porque todo sería palabras, lenguaje y enunciados, grafitis en las paredes del mismo lenguaje para indicar que nada está totalmente dicho, que todo lo que uno plantea desde el principio lo borra quizá un poco con el codo noche a noche.

Oh, mi ciudad. Mía, mía. Como un Juan de Garay pero más bien un don Juan que enamoradizo del castellano le roba fantasías a los sueños para convertirlos en avenidas de mano y contramano. ¿Habría un Riachuelo?, ¿habría una ensenada donde entrar los barcos del extranjero migrante? Oh, ciudad mía. Los anarquistas, los socialistas, los herejes y las prostitutas. Yo no sé dónde cabrían tantos, pero los alojaría quizá en un edificio que tuviera al menos un corazón diccionario que les contara historias para dormir.